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Malecón Habanero: Foto: Yohandry Fontana

El amor

Pueto de La Habana. Foto Yohandry Fontana

Corteza de árbol. Foto: Yohandry Fontana

Ciudad de La Habana

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En las noches, cuando niño, soñaba que era fotógrafo. Cámara en mano  me veía recorriendo el pequeño bosque de la esquina tirando fotos a  las lagartijas, los gorriones, las ardillas escapadas del zoológico,  en fin, a cuanto bicho estuviese en foco. Sólo eran sueños.  Fefita,  mi madre, celaba su  cámara y en raras ocasiones pude apretar el  obturador. Después de algunos años, aprendí elementales nociones de  este oficio. Nada de laboratorios ni químicos. Más bien aproximé esos  sueños a una pequeña realidad: tiré las fotos del primer cumpleaños   de mi hija. Fue entonces cuando pasé de espectador a propietario de  aquella Lubitel, que se encargó de congelar el tiempo, garantizando  risas y asombros para el porvenir.  En blanco y negro, apresadas en  pequeñas postales de 5 por 7 pulgadas, quedaron fiestas de amigos, la  escalada al Pico Turquino y excursiones por distintos lugares  históricos de la Isla.

La fotografía es una ocupación y un arte. No pretendo competir con  aquellos que la practican como oficio. Cámaras al hombro, trípode,  escalera, lentes, telefotos, pecheras… convierten a veces a estos  profesionales, particularmente a los de la prensa, en  una especie de  singulares astronautas, equipados hasta lo inimaginable, con todo lo  que les permita inmortalizar segundos. Cual artistas ante el lienzo de  la posteridad, secuestran en el vientre de sus cámaras esos instantes  únicos, irrepetibles, muchas veces decisivos.

Y cuando ellos se hayan ido, los nietos de sus nietos seguirán  conmoviéndose o riendo gracias a aquel obturador accionado a tiempo.  Ahí están las fotos de Korda demostrándolo; está el rostro del Che  mirando por sobre un horizonte, que hasta hoy nos alcanza.

La fotografía analógica, con su laboratorio lleno de cubetas para  revelar y fijar, con la espiral de los “riles” retando a los  aprendices en medio de un insondable cuarto oscuro, ha pasado a ser lugar de recuerdos, emulando con el antológico laboratorio  de José Arcadio Buendía, en Cien años de Soledad. La digitalización es  la magia actual de la fotografía, acortando procesos, dotando al  fotógrafo de múltiples herramientas,  y permitiendo que una imagen se  instale en el ciberespacio en solo cuestión de minutos.

Con esta entrada pretendo presentarme ante ustedes no como fotógrafo,  ni siquiera como aprendiz, solo como un cazador de imágenes más que,  desde su modesta Canon, regalo de una amiga, quiere mirar los rostros  de Cuba de una forma diferente, convencido de que “el ojo que ves, no  es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”, como diría Antonio  Machado.

Yohandry Fontana

La Habana

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