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Ser o tener, ¿cuál es tu prioridad?

Hecho en casa, pero no para la televisión. El dúo no se preocupa, hay maneras diferentes de hacer circular un video clip y recuperar con creces la inversión. Esta vez, la apuesta es más fuerte: en el prostíbulo donde se recrea la historia musical, las imágenes eróticas coquetean con la pornografía. Ellos llegan en un auto de lujo, el “dueño” del prostíbulo, bien vestido, los recibe e indica a sus muchachas con un golpe de mano que son clientes importantes. Empieza la fiesta. Mientras lanzan el dinero al aire, o muestran fajos de billetes en las manos, El Chacal y Yacarta dicen al ritmo de reguetón: “ando solo con 50 de a 100, no es mucho, pero para empezar yo creo que está bien, yo creo que está bien”. Las muchachas bailan insinuantes y se desvisten. El video se vende en la calle y circula de computadora en computadora.

La vida puja por parecerse a la ficción. A la entrada de un centro nocturno, donde los clientes aguardan en cola para entrar, ha pedido el último un importante instrumentista cubano, cuyo arte no tiene la misma demanda, ni aporta los mismos dividendos. El portero lo ha visto, y le ha dicho que espere, que lo hará pasar en cuanto pueda. Pero llega un reguetonero de moda con sus cadenas de oro, dos amigos y varias muchachas bonitas y vacías de mente. No hay alfombra roja ni paparazzis con cámaras indiscretas (¡qué pena!, ¡este subdesarrollo!), pero suben los peldaños de la breve escalera como triunfadores, entre miradas de admiración y envidia, y las puertas del centro se abren de par en par. Aparte del músico reconocido, pero de menor estatus económico, nadie en la cola sabe quiénes son los demás que esperan, ni se lo preguntan.

Los reguetoneros no son los únicos que se esfuerzan por demostrar que “tienen dinero”, es decir, poder. Tener dinero sustituye o enmascara la demostración de que se tiene talento. Si tienes dinero, se supone que tus canciones se escuchan, que eres bueno. La fórmula, claro, es sospechosa –la mayoría de estos “triunfadores” son estrellas fugaces, intrascendentes; que un tema se escuche no significa que sea bueno–, pero funciona. Los salseros también quieren demostrar “que tienen”. Algunos atletas campeones olímpicos y mundiales creen que nadie los tomará en serio si no llevan puesta una gruesa cadena de oro. La consigna es tener, y el verbo ser se relega a espacios inferiores, se contempla con lástima: el pobre, es, pero no tiene.

Dos concepciones de la vida en pugna: la que prioriza el tener (que es la capitalista) y la que prioriza el ser (que es la socialista). En el sistema “de enfrente”, lo relevante no es el personaje que ha interpretado un actor, si Hamlet o Rambo, sino la cuantía del pago recibido. Si usted hereda varios millones de dólares, y se dedica a gastarlos, tendrá la portada de las revistas del corazón. No se supone que el socialismo se construya sobre el sacrificio –no se supone que el socialismo se construya en una isla sin recursos naturales, pobre y bajo hostigamiento económico y mediático–, pero la apuesta es diferente: el individuo alcanza su realización según el tamaño de su servicio público. La fórmula, no cumplida aún, es “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según su trabajo”.

Un estudiante de magisterio me preguntaba en cierta ocasión, con un hilillo de voz que evidenciaba confusión e inseguridad: “pero profe, ¿y no se puede ser… y tener?” Desde luego, respondí, y reímos todos. Uno debiera tener según lo que es, pero el sentido de la vida en el socialismo lo determina el ser. Cuando una persona que es, y tiene, llega, nadie nota lo segundo. Por lo común, aquel que necesita mostrar que tiene, no está seguro de lo que es o no le importa. Es un problema de prioridades. No rechazo la ropa que está de moda, cara y de marca; si es cómoda y bella para quien la usa, es perfecta. Para gustos, colores. El dilema es otro: hacernos servir por los objetos que adquirimos, o servir a los objetos; que ellos existan para hacernos la vida más cómoda y bella, o vivir para ellos, lo que implica vivir para mostrar lo que tenemos. Que una sonrisa inteligente diga más de nosotros que una cadena de oro. Esa es la verdadera batalla, sutil, encubierta, definitoria, entre el socialismo y el capitalismo.

El video musical que describía al inicio de mi texto reproduce burdamente los valores del capitalismo. Y no es el único. Los que suele trasmitir la televisión, no tienen escenas eróticas como las de aquel, pero recrean todos los paradigmas del tener (carro de lujo, chicas “perfectas”, trato de magnate). Alguien me dirá: son los estándares de la moda internacional. Si quieres hacer un video que se venda “afuera”, tienes que ajustarte a ellos. Dije que se venda, y la palabra repica como si hubiese martillado una campana. El socialismo intenta producir y reproducir valores alternativos. La contracultura que se genera en el capitalismo, por ejemplo, es esencialmente socialista. La cultura popular, no populista, también. Pero cuando el mercado las penetra, las desvirtúa. El Visitante, de Calle 13 (Puerto Rico), de origen reguetonero, un muchacho sencillo y talentoso, me decía recientemente: “La música de verdad, la música que sale del corazón y que se está haciendo sin ningún interés al final triunfa sola, aunque tome cinco años, diez años, veinte años, treinta años, cuarenta años… eso solo va a salir para arriba. Pero si tú estás pensando en la música como un medio para lograr algo y te desgastas en pensar en cosas que no son importantes, si estas pensando desde el principio en el dinero, no brother, puede que tengas un golpe de suerte y en un momento te vaya bien, pero eso no va a durar para siempre.”

La ideología –léase, en un sentido más amplio, la cultura– dominante, es la de la clase dominante. Una ecuación sencilla: la clase dominante hoy, en el mundo, es la burguesía. Hay personas en Cuba que aspiran a que regresemos a “la normalidad”, es decir, al vivir solo para tener. Nuestra normalidad es otra, y no se defiende con discursos. Hay estudiantes universitarios que llevan el pelado de Yacarta; si les gusta el corte, está bien, lo peligroso es que, más allá del seguimiento a sus composiciones, asuman su conducta como referente. El Chacal y Yacarta hacen su trabajo, probablemente sin la menor conciencia de sus implicaciones. ¿Hacemos nosotros el nuestro?

Tomado del Blog La Isla Desconocida

 

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